La escoba, el trapero y yo

Foto Sara Jimenez


 

¿Cuándo inicia mi historia con el trapero y la escoba?, ¿cuándo mi vida era otra?, ¿cuándo alguien me amaba incondicionalmente?, ¿cuándo la juventud y su energía estaban a flor de piel?, ¿cuándo las empleadas de servicio entraban y salían de mi vida?,  O ¿fue antes?. En la vida familiar, cuando al llegar del colegio con mis hermanas debíamos colaborar con algunos quehaceres y yo siempre prefería ante quitar el polvo, barrer o trapear.

Al pasar el tiempo, ya con  niños y cierta obsesión por la limpieza, me era necesaria la ayuda de las trabajadoras del hogar, funcionaba yo, de manera diferente a mi madre  que  se había defendido por años a las mil maravillas sin ellas.

Intentaba estudiar. Lo cierto es que empecé varias carreras y no pasaba de tercer o cuarto semestre; siempre tenía prisa por volver a casa y tener entre mis brazos mi bebé, me dejaba llevar por aquello que solo las madres sentimos, por el deseo de entrar en cierto éxtasis al alimentarlo, por la dicha de compartir con los niños más grandes. Eso pesaba más que la importancia de prepararse para un futuro, ¿de qué me preocupaba? Tenía el mejor de los esposos y una vida que muchas envidiarían.

Me consideraba yo una buena mujer, pagaba bien a la niñera y  a la encargada de la casa  charlaba con ellas de tú a tú y compartía con gusto algunas cosas materiales. ¿Quién iba a decir que yo resultaría tan buena mujer?. Difícilmente habría casa más limpia que la mía y niños alimentados con tanto empeño y preocupación. Además, mi trapeador se mantenía blanco,descurtido.  La escoba intacta (tiene que ver con la fuerza que aplicas al barrer). Les cuento pues  atrás quedaban las locuras y las preocupaciones de la adolescencia. Atrás quedaba la indecisión sobre qué estudiaría o quién sería.

Recuerdo en especial a algunas de las trabajadoras del hogar:

Nora, una jovencita  alegre y responsable. Imposible olvidar sus riñones al vino. Además siempre tenía tiempo para jugar al salón de belleza conmigo. Años después la volví a ver, era ya una hermosa mujer y exitosa  profesional, casada y madre de una adolescente,  que sin reparo alguno, cocino  para mi familia y volvió a jugar al salón de belleza; esta vez con hijas incluidas.

Melliza, una joven  afro-descendiente, alta, delgada. su cabello corto trenzado; tenía una hija  Nairobi, de quien fui “madrina de uñas”  (al cortarle por primera vez las uñitas. Siempre me pregunté si ésto es una tradición o un invento de mi empleada para hacerme sentir comprometida)

Anita, con un cuerpo estupendo, seguramente legado de sus ancestros. La recuerdo bailando todo el día. Ana era una joven simpática y delicada.

Leticia, una señora que dejó de trabajar conmigo cuando le llamé la atención al darme cuenta que había masticado la carne de mi hijo de 10 meses antes de introducirla en su boca; esta mujer jamás será olvidada, aunque a su favor debo decir que sabia mantener el piso limpio, .

María, una mujer mestiza que vivía  en el campo. Para llegar a su casa, era necesario  atravesar la ciudad y al llegar a un estero del río, viajar una hora en canoa. Pasó al baúl de los recuerdos por sus exigencias: solo tomaba Milo y jugos en leche; no comía pescados o mariscos, solo pechuga  pollo y carnes magras.

La mejor de todas, una mujer que admiré, admiro y quisiera volver a ver: Maye,  una mujer cabeza de hogar con tres hijos, dos hombrecitos y una niña. Maye,  su piel de diosa del ébano, un cuerpo de mujer, mujer. Maye era fuerte y decidida, tan guapa como todas quisiéramos ser, alegre, risueña, siempre positiva. Llegaba a mi casa antes de las ocho de la mañana taconeando y meneando sus  anchas caderas con su cabello recogido y los labios pintados de fucsia; en cinco minutos pasaba de mujer elegante a estar disfrazada de empleada del hogar. Era rápida, práctica, condescendiente, siempre solicita, siempre dispuesta. La verdad no sé cómo le hacía para estar activa de 8 de la mañana a 5 de la tarde sin dejar de sonreír y cuando yo le preguntaba si podía quedarse una hora más, su respuesta era: Claro señora!.

Yo quería hablar y hablar con ella, así que un día muy seria Maye me dijo: “Creo que lo mejor señora es que usted me siga mientras hago mis deberes”. Y así fue mientras ella limpiaba una pared o tendía una cama, yo sentada en el piso con café en mano parloteaba, contaba o pedía un consejo.

Un día el destino nos separó. El momento más difícil de mi vida lo viví junto a ella. Fue la última vez que nos vimos. Hoy, casi 20 años después, solo está en mis recuerdos. Quisiera creer que de igual manera estoy en los de ella.

Maye. Sin apellido. Una de las mujeres más luchadoras que he  conocido, mi mejor empleada del servicio y una de mis mejores amigas!

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