La Escoba, el trapero y yo

Foto Sara Jimenez

¿Seré yo la mejor empleada del servicio de alguien?

Mi primera vez como empleada  del servicio fue para Martín. Necesitaba trabajar así que ofrecí a éste joven que vivía solo, hacer el aseo en su departamento y cocinar.  Me costó algunas lágrimas acostumbrarme, este trabajo era lo que podía hacer en el momento y por lo tanto debía hacerlo bien y con gusto.  Cuando Martín se fue de la ciudad, yo busqué un nuevo trabajo. Llegué a casa de Silvia, señora que se recuperaba de una cirugía a la cadera consecuencia de un accidente en moto. Silvia era la amante de un tipo, tipo que me acosaba por lo que no soporte mas de un mes.

Después quise dedicarme a hacer aseo por días, ya que pensé que era más práctico.

Viví  y aprendí varias cosas trabajando en casas de familia.

Trabajar como empleada domestica para hombres  solos, es mas facil, no les importa cómo lo haces, les importa creer que lo hiciste (como en casi todo).¡

Todas las señoras creen saber la forma correcta de barrer, sacudir, lavar el baño, quitar el polvo, así que cada vez que llegas a una casa, debes aprender o aplicar un método diferente. En realidad nunca me dijeron: “ok, lo haces bien”.

¿Qué decir de la amable mujer que saca del entretecho mas y mas cosas sucias?! ¡Es muy común que una ama de casa espere que una haga en un día lo que ella no ha sido capaz de hacer en meses!

No siempre eran momentos incómodos, regaños y cátedras interminables sobre cómo hacer el aseo correcto. Me encontré también en algunas ocasiones con personas con tacto para decir las cosas. No falta eso sí, aquella señora que mira a la que va a hacer el aseo como alguien inferior. En una de estas casas  la señora María me hacía sentir “cuál era mi lugar”, en especial a la hora de la cena, ya que me tocaba comer sentada en el patio de ropas, no en la cocina,  y mucho menos en el comedor.

El aseo donde la señora Consuelo era cosa de locos. Más de una vez quise salir corriendo, pero me detenía la ilusión de recibir al final del día mi pago completo. Mientras aguantaba ciertas cosas, me sostenía el hacer cuentas de qué iba a comprarle a mis hijos con esos pesitos. Doña Consuelo tenía alrededor de 70 años, vivía con su hija Piedad de unos 45 y su nieta Paz de 20, así que yo recibía órdenes de tres personas diferentes. Una quería que lavara el baño primero, la otra que hiciera el almuerzo y la otra que corriera un bulto de tierra de un patio para otro. Debía seguir los caprichos de las 3. Cada que me llamaban, de esta casa salía más tarde de lo planeado; generalmente trabajaba 8 horas por casa, pero aquí nunca salía antes de las 10 horas. Lo que más me incomodaba (más que Doña Consuelo “metida” eternidades  en el baño cuando sabía yo esperaba afuera para lavarlo, más que la petición a punto de salir ,de que pasara otra vez el trapero) era que aquella anciana guardaba todo tipo de sobras en el refrigerador y acumulaba envases, latas de alimentos, la botella donde venía el aceite, la lata del atún, entre muchos otros. Según ella, todo tenía utilidad, y esperaba de mí que lavara y organizara todos estos envases que ocupaban bastante espacio en el patio de ropa, y que clasificara las sobras en el refrigerador. Entenderán que ésta labor tomaba  buen tiempo, pero en realidad lo incómodo, lo molesto de esto, era que casi siempre estando a punto de terminar llegaba o la señora Piedad sin piedad por mí, o la joven Paz acabando con la paz lograda ese día y me ordenaban: “Ya sabe, en un descuido de Consuelito ¡tire todo a la basura!”

Si no obedecía me exponía a perder mi trabajo, pero si seguía esa instrucción también. El caso es que pensaba, “bien, son dos contra una”. Debía entonces tirar los tesoros de la señora Consuelo, ya encontraría ella consuelo en algo, quizás en las plantas de su jardín.

No miento si comparto con ustedes que como mínimo cada vez salía de la cocina y el patio de la señora una bolsa grande, llena de estos “tesoros”. Creo eso si, que si alguno  me hubiera visto tratando de sacarla a la basura sin ser interceptada no podría evitar reír. Una noche, salí tan tarde y tan cansada, que decidí no volver y estas tres mujeres pasaron al olvido.

En este tiempo como asesora del hogar aprendí a trapear de diferentes maneras. Hoy me pueden preguntar lo que quieran sobre los diferentes estilos; preguntenme sobre qué escoba usar, cómo aplicar la cera según el tipo de piso, y cuál es la mejor manera de lavar el baño. Otra cosa sobre la que podrían preguntar, es cómo sacar las molestas manchas dejadas por algunos desodorantes en camisas, camisetas y polerones. Por falta de tiempo compartiré solo uno de los trucos aprendidos: Si la lavadora falla o simplemente no hay, ¡remoje la ropa previamente clasificada por color en una ponchera grande (no olvide usar un buen detergente), y cada vez que tenga tiempo, entre uno y otro quehacer, entre en ella y marche fuertemente; luego enjuague, escurra y extienda!

Lo verdaderamente importante que en este tiempo aprendí es que fui muy injusta con mis empleadas. No se trata solamente de pagar bien, y tratar de tú a tú; se trata también de ser considerada con el tiempo, respetar  que estas mujeres que colaboran en nuestro hogar tienen el suyo propio y muchas veces hijos que ansiosos las esperan.

Me gustaría volver a ver a Maye, mi antigua empleada,   quiero pedirle disculpas, ya que más de una vez ella había terminado sus labores y yo con alguna excusa la detenía: “Maye,¿puede acompañarme mientras mi esposo llega?”,  “Maye, se le olvidó limpiar la mesa”, o “Maye, voy a salir y necesito que me espere”.

Entendí, cuando yo quería que me “dejaran salir” el deseo, la preocupación de esa buena mujer por ir a ver sus hijos, por atenderlos aunque sea un poco de tiempo. Durante el trabajo yo pensaba todo el día en mis hijos.  ¿Quién dice que Maye no lo hacía?, ¿Quién puede juzgar a  la joven Melliza por no cuidar bien de Nairobi si no podía cuidarse ni de ella misma?  Y María, la “exigente” María, ¿quién puede saber qué había detrás de sus gustos?

Sentía  yo deseos de llorar, de gritar cuando disponiéndome a salir de una casa, la jefa de turno me decía: “No se puede ir hasta que no limpie las porcelanas” (¡ y les juro ya las había limpiado!)   Me devolvía sumisa y las limpiaba una vez más. Tenía claro que la dueña de casa sostenía la sartén por el mango, no yo.

¿Cuántas veces les hice lo mismo a mis empleadas?. ¡Por Dios!. Si hoy sé que todo vuelve a empolvarse, a ensuciarse. Hoy sé que hay mucho más que mantener la  casa en orden, hay mucho más que clasificar y calificar los oficios. Sé que todas las profesiones, todos los oficios tienen gran importancia y validez. Sé que es tan importante la labor del abogado en los tribunales, como la del veterinario en aquella granja de crianza de sementales. Sé que con igual orgullo puede tener la frente en alto el médico que acaba de acertar en un complicado y esquivo diagnóstico, como la empleada del servicio que llega a su casa cada mañana para que él pueda salir al hospital, su señora a impartir clases en la universidad, y sus hijos al colegio.

 

Hoy, pasado el tiempo y recordando mi desempeño en los dos lados, uno como dueña de casa y otro como asesora del hogar, puedo decirles que me siento más orgullosa del  segundo.

Hoy no puedo decirles cuándo inició mi “romance” con la escoba y el trapero, pero puedo decir que nunca faltan ni faltarán en mi casa o la del vecino.      

 

Lola Caos

 

 

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4 thoughts on “La Escoba, el trapero y yo

  1. Un gran acto de humildad el tuyo Lola; no siempre reconocemos nuestros propios errores, tu te has dado cuenta y aunque no se lo digas en persona ya pediste perdón.
    Gracias por esta lección que das a tus lectores,
    Feliz dia.

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